Vilvestre vive su V Marcha Arribes

La agradable temperatura y la buena organización permitieron a los participantes disfrutar de una amena jornada

(Artículo publicado en Tribuna de Salamanca,
edición de 20 de Marzo de 2000)
Tribuna de Salamanca

Una vista parcial de Vilvestre, un pueblo español en las Arribes del Douro, cerca de Freixo de Espada à Cinta

Casi 1.000 personas participaron ayer en la V Marcha Arribes del Duero que organiza el Ayuntamiento de Vilvestre y que cuenta con la colaboración de la Junta de Castilla y León y la Diputación de Salamanca. Los caminantes, al margen del preciosista paisaje, disfrutaron de una jornada primaveral.

El engañoso sol matinal, que trataba de encubrir la suave brisa glacial, fue uno de los principales alicientes que tuvieron las casi 1.000 personas que, bordón y mochila, serpentearon las laderas del lago del Duero, en una marcha ya característica todos los años en marzo que organiza el Ayuntamiento de Vilvestre y que cuenta con la colaboración de la Junta de Castilla y León y el Departamento de Turismo de la Diputación de Salamanca.

En numerosos grupos de 50 personas, los participantes salieron del pueblo por la calle de Los Pozos a través de la empedrada de San Gregorio, para internarse entre almendros con su flor ya casi oculta. La calzada, si así se denomina, se convierte en la principal fotografía, junto a los perfectos paredones, del trabajo de los antepasados con sus lanchas de pizarra cual alfombra en las verdes veredas del Duero. La agreste mañana con sus corrientes de fresca brisa impedía a una nutrida población de buitres alzar el vuelo y olfatear la carroña, mientras, los caminantes subían a La Cabeza. Pinos, alcornoques, ramos, arbustos silvestres y, al fondo, el arroyo de Los Lagares que, como puntos en el horizonte, está salpicado por ancestrales molinos.

La impresión hacia las profundidades del Duero aumentan desde Matalobos. El inmenso lago que forma el Salto de Saucelle ofrece una vista para el deleite y la contemplación. Punto imaginario en que se confunden las distancias allá en el horizonte. La serpiente humana que desciende por los senderos cada vez se estrecha más. Siguiendo el lecho del río, los cientos de caminantes pasan, no sin ciertos sobresaltos, por riachuelos donde, al margen de la salvaje vegetación, dan la mano a olivos que se yerguen en terrazas simétricas. Diminutos bancales que la mano del hombre ha arrancado a la montaña y penden como escaleras en lomas pardas.

Zigzagueando el lecho del río, los senderistas se aproximan a La Barca. Como una fina lluvia deseada, llegan al final del trayecto no sin antes grabar en su retina todo un mundo de sensaciones visuales: agua y tierra, verde y pardo, sol y frío. El oloroso humo que embarga al ambiente es la premonición de un agasajo gastronómico. Asados de panceta, costilla y chorizo. Vinos y orujo de la tierra. Naranjas y confitería, son el manjar del que dan buena cuenta los caminantes que, como un inmenso rompecabezas, salpican La Barca en la búsqueda de una sombra. Suena la gaita y el tamboril. Repican las castañuelas. El taconeo del picao y la charrada animan con aires de fiesta. Atrás queda la vereda del río, el buitre y el pardal, el olivo y el naranjo.

Cae el sol y muere la tarde. Con rostros cansinos, los más curtidos por el prematuro sol estival, los presentes regresan al pueblo, la ciudad, el ruido, las prisas y a esa sociedad del vacío. Abajo, en La Barca, continuará, si Natura no lo impide, floreciendo el almendro y embelleciendo el paisaje la chumbera y el naranjo. Llorará la cigüeña y el viejo Duero seguirá muriendo un poco más.


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Última actualización: 13 de Abril de 2000
Fotografía: Copyright © de Las Arribes del Duero
Autor: Luis Falcón (Tribuna de Salamanca)
Responsable: Reis Lima Quarteu